En la noticia hablaban de un nuevo brote de piojos entre los niños. Todo esto me hizo recordar mis tiernos años de primaria cuando yo tenía un corazón grande grande, inocente y dispuesto a acudir prontamente al auxilio de los desvalidos.
Tendría yo unos 6 años y una cabellera que haría palidecer de envidia a Rapunzel... bueno, no tanto pero sí era bonita, abundante y laaarga. En mi salón había una niña que todos llamaban Mariana-la-piojosa, así, de corridito, todas las veces que alguien la nombraba, sin excepción decía Mariana-la-piojosa. No recuerdo mucho de ella, salvo que tenía una hermana en primer año y que las dos olían "raro".
Ni siquiera puedo decir cuántos años tomamos clases en el mismo salón pero sí sé que en algún momento yo me compadecí de ella después de verla llorar por no tener amigos y básicamente pasar sola todo el día. Aquí es donde entró en acción mi corazón de pollo y decidí —¿por qué no?— ser su amiga. Como dije, no recuerdo mucho de esa amistad, sólo sé que la pobre Mariana-la-piojosa aceptó mi amistad alegremente y por algunos días no se sintió tan sola.
Luego de algunos días, mi mamá, que no tiene modos muy tiernos y delicados, mientras me peinaba me dio un jalón en el cabello y me dijo: "quédate quieta", acto seguido llamó a mi tía Lulú para preguntarle si sabía que eran esas criaturas extrañas que acampaban en mi cabezota. Sí, efectivamente, eran piojos.
*pausa dramática*
"¡¿Cómo pudo suceder esto?!" "P-p-pero si se baña todos los días" "¿En qué nos equivocamos?" fueron algunas de las cosas que mis papás se preguntaban rascando sus cabezas sin piojos sin poder adivinar como mis nuevos inquilinos habían llegado ahí. La respuesta no tardó mucho ya que mi prima Ari soltó la sopa acerca de mi nueva amistad.
Mis papás compraron un peine de dientes muy muy pegaditos y lo pasaban por mi cabello infinidad de veces todos los días, varias veces al día. Todo eso sin dejar de repetirme "NO le digas a nadie!"... digo, no necesitábamos que se me cambiara el nombre a Satrina-la-piojosa.
Obviamente mi amistad con Mariana-la-piojosa se extinguió, no así el legado que dejó en mi cabello, que aparentemente resultó ser un paraíso para los piojos. Después de mucho jaloneo capilar, mis papás llegaron a la conclusión de que sólo había 2 soluciones posibles: cortar el cabello lo más corto posible y volver a empezar de cero o iniciar una guerra química.
Como mi mamá no estaba dispuesta a perder más de medio metro de cabello que tan arduamente había
Moraleja: los niños son crueles pero mentirosos no, Mariana-la-piojosa sí tenía piojos.
