En algún lugar mencioné que andaba de un humor medio raro, por eso la ausencia de posts y comentarios. Como sigo en ese
mood pero de todas formas tengo ganas de escribir, aquí está este post que habla de uno de mis más grandes miedos.
Durante la primera mitad de mi vida tuve una fobia tremenda a los perros. No puedo indicar exactamente qué fue lo que me provocó esto aunque sí recuerdo que el Bobby, perro de Don Rafaelito -¡ah! personajes de mi infancia...-, me correteó por el patio grande de la casa de mi abuelita. Casi casi puedo verme corriendo con la enorme bestia atrás de mí, él ladrando y yo gritando hasta que mi tía Lulú oyó el escándalo y salió a rescatarme de las fauces del feroz animal.
A estas alturas se estarán preguntando de qué raza era el animalote ¿verdad? ni más ni menos que un... pug... sí, es que yo tenía 3 o 4 años y prácticamente sentía que andaba en la Pamplonada tratando de esquivar un toro.
Parte de ese miedo también se lo debo a la Paloma, la pequinés de Lolita la del A -otro de esos personajes. Esta perra ladraba y ladraba y ladraba y yo le tenía un miedo que iba en proporción inversa a su tamaño. Es por eso que cuando iba a ver a una tía que vivía a 3 casas de la casa de la Paloma yo temblaba de miedo porque forzosamente tenía que pasar a unos metros de su puerta.
De ella -de la perra, no de mi tía- recuerdo un domingo que me mandaron a pedir algo prestado a casa de mis tíos, donde acababan de poner una puerta de metal alta muy difícil de abrir... como decía, iba caminando cuando vi la puerta del A abierta, creo que esa fue la primera vez que deseé ser invisible. De la puerta abierta salió la Paloma, yo me pegué a la pared opuesta como calcomanía y traté de seguir caminando pero después de un par de ladridos no me quedó de otra que correr solamente para encontrarme con la maldita puerta nueva que no pude abrir. Grité y grité y aunque Lolita vio lo que sucedía, no llamó a su perra, solamente sonreía desde su silla. Lo que no puedo explicarme es cómo mis tíos no escucharon mis tremendos gritos y el resto de mi familia que estaba en la casa de mi abuelita, unos 40 metros más lejos que mis tíos, si escuchó.
Como tercer botón tengo el recuerdo de un señor que vivía en la misma calle que mi abuelita. El mentado señor tenía cara de maldito -por lo que puedo recordar- y un carácter que correspondía perfectamente a su apariencia. Además de esa cara y ese carácter tenía dos perros enooormes -estos sí eran grandotes de verdad- y se divertía mucho asustando gente con ellos. Un día que mi hermano y yo íbamos a casa de mi abuelita a lo lejos vimos al sr. Maldito parado afuera de su casa con los dos perrazos a su lado. Al pasar frente a su casa, el señor vio el miedo en mi carota y dijo algo así como:
¡ataquen! con lo que los mugrosos perros ladraron y brincaron como locos tratando de zafarse de las cadenas con las que los tenía agarrados.
Como era de esperarse, yo grité, corrí a esconderme tras un auto y lloré. Mi hermano le gritó algo al tipo y fue por mí, me tomó de la mano y me tranquilizó. Después de esto solamente recuerdo la risa burlona y grave del tipo mientras mi hermano y yo nos alejábamos.
Paréntesis: este es el mejor recuerdo que tengo de mi hermano en la infancia. Fin de paréntesis.
Todo esto -y algunas cosas más que seguramente ya olvidé- fueron las causantes de que mi fobia creciera y creciera, tanto que si yo veía a un perro, aunque fuera a 10 metros de mí, inmediatamente pensaba:
me va a morder, se me va a aventar, ¡ay no! ya me vio. En el mejor de los casos yo iba acompañada de alguien que servía de escudo humano pero algún día caminando sola llegué a tomar del brazo a un asombrado desconocido para pasar cerca de un perro.
Así llegué a la adolescencia temiendo por mi vida cada que un perro se cruzaba en mi camino y... este post no se trataba tanto del miedo sino de la cura que eventualmente llegó a mi vida pero eso lo platicaré en otra ocasión.