
Un domingo hace tres años, al terminar el ensayo del coro en lugar de regresar directo a mi casa fui a dar la vuelta al tianguis del parque; no llegué muy lejos porque me quedé viendo los peces y tortugas que vendían. No sé si fue un afán de regresarle a mi vida lo que perdí cuando Camilo murió o si fueron ganas de llenar la pecera que llevaba años vacía pero sin pensarlo escogí dos peces japoneses y los compré.
Cuando llegué a mi casa mi mamá me dijo: ¿y ahora? No sé -le contesté y la verdad es que no sabía ni que hacer con los pobres, no sabía ni qué comían pero ahí estaban y necesitaban casa así que limpié la pecera y empecé a llenarla de agua solamente para darme cuenta que estaba mal sellada. Mientras el silicón secaba puse a los peces en una jarra -creo- y cuando volví a verlos ya había uno muerto. Días después me regalaron otros dos -que murieron igual que el sobreviviente de la semana anterior.
A la siguiente semana me regalaron otros dos japoneses preciosos que recibieron el nombre de Gropius y Herbert. Gropius era una alegre bolita naranja con una cola de abanico que le gustaba presumir mientras nadaba. Es niña, mira cómo mueve las caderas -pensé. Herbert era tierno, pequeño y tímido y su cola no era tan aparatosa.
Después vinieron dos Guppys y dos Mollys, dos de esos delgaditos que les dicen Ángeles, dos plecostomus bastante huevones y dos japoneses más. Estos japoneses fueron bautizados como Frank y Lloyd. Frank era largo, delgado y tenía unos ojos grandes grandes. Lloyd era chiquito, con una jorobita y una cola de abanico larga que no le gustaba presumir. Los Guppys, los Mollys -incluyendo sus chorrocientos bebés-, los Ángeles, y los plecostomus murieron en un lapso de seis meses.
Desde un principio, la Gropiusa se convirtió en mi consen -por favor no le digan a los demás- por su carácter juguetón y extrovertido por eso me extrañó mucho cuando un día llegué y no la vi al frente de la pecera saludando como siempre. Estaba atrás, escondida y recargada de ladito en el vidrio, tenía una piedrota atorada en la boca. Con unas pinzas le saqué la piedra y seguimos nuestra vida.
Poco antes de la semana santa del 2004 les dio septicemia hemorrágica, compré medicina y se aliviaron pero una noche el filtro falló y el oxígeno se terminó. Ese día yo desperté antes de las 5 porque tenía una pesadilla muy fea y lo primero que vi fue el cuerpo de Frank flotando. Al acercarme a la pecera, la Gropiusa me vio y dijo ¡Blo! y se volteó panza arriba. La moví y se recuperó. En total se volteó panza arriba tres veces más no sin antes mirarme y decirme ¡Blo! Antes de irme al trabajo lavé todo y los dejé instalados en agua limpia y seguimos nuestra vida.
Arriba: Lloyd. Abajo izq: Herbert. Abajo der: Gropius.La Gordita -nuevo nombre de la Gropiusa- creció y creció, igual que su cola. Pasaron unos años en los que se volvió la consentida de todos, aprendió a comer de mi mano, aprendió a aventar agua a mi cama cuando quería que me levantara, cambió de color -se volvió blanca-, aprendió a hacer ruido con el termómetro cuando quería que le hiciera caso, me recibía cuando llegaba de trabajar, jugaba a esconderse cuando yo estaba leyendo en la cama, dejó de ser blanca para volverse perlada y en pocas palabras me alegraba el día con su carita y su manera de nadar.
A mediados de este junio la septicemia apareció de nuevo. De nuevo los mediqué y cuando creí que ya ibamos de salida a la Gordita le dio Fin Rot y su preciosa cola quedó desgarrada y a la mitad porque la Loquita -nuevo nombre de Lloyd- le arrancó lo que pudo. Más medicinas y mejoraron. Durante este tiempo, mi nena tuvo días difíciles pero ella, siempre fuerte, aguantó como las machas y se recuperó a pesar de que había días en que la enfermedad hacía que se viera roja por la sangre que parecía salir entre sus escamas y en sus aletas. Una semana después recayeron así que les di medicina y mejoraron.
Hace tres domingos, la compañía de Luz cortó la energía muy tempranito. La electricidad regresó a las 4 o 5 de la tarde así que mis nenes estuvieron sin filtro, sin oxigenación y sin calentador casi medio día. Parece muy poquito pero eso fue suficiente para que mi nena se pusiera triste. Poco a poquito dejó de comer y empezó a adelgazar.
Desde hace una semana lo único que hacía era seguirme: si yo me sentaba frente a la compu ahí estaba ella en la esquina más cercana de la pecera; si yo me acostaba a leer en la cama, hacía el esfuerzo de nadar para acercarse a mí y cuando yo salía y no me veía se ponía enfrente de la puerta para verme en cuanto llegara. Cuando era la hora de la comida, ella que antes era la primera en subir a comer se quedaba abajo muy seria hasta que el Chiquis -nuevo nombre de Herbert- se metía debajo de ella y trataba de llevarla hacia la comida.
El miércoles conseguí el teléfono de un veterinario especialista en peces. El jueves la llevé a consulta. El veterinario dijo: la podemos medicar pero lo más seguro es que la medicina sola no haga nada. Sus riñones no están funcionando bien así que la otra opción es picarla con una aguja para tratar de extraer ese líquido y esperar que esos piquetes ayuden a que drene el líquido. Con este procedimiento se puede morir porque el líquido se puede ir a su corazón pero la mayoría de los peces se salvan.
Me dolió mucho pero autoricé que la picaran porque aunque ese procedimiento traía la posibilidad de que muriera, el no hacer nada implicaba dejarla morir. No quise ver cuando lo hizo porque sabía que no iba a aguantar ver que la lastimaban. El doctor la picó dos veces -eso me dijo mi papá- y después le inyectó un diurético, me dijo que la mantuviera separada de los demás, me dio la receta y regresamos a la casa. En la noche le di su medicina y la puse a un lado de mi cama para hablar con ella.
En la madrugada el agua se puso fría así que le puse agua tibia y seguí hablando con ella. En la mañana todavía estaba muy mal, casi sin respirar y con la mirada perdida. Seguí hablando con ella hasta que movió sus ojos y me miró, al poco rato empezó a respirar mejor. Así estuvo todo el día, sin comer y con lapsos en los que sus ojitos se quedaban quietos pero le hablaba y respondía. Se veía un poco mejor.
La madrugada del sábado empezó a irse de lado aunque trataba de levantarse. Cada hora que pasaba le costaba más trabajo mantenerse bien. Si estaba sola se dejaba caer de lado completamente pero si me acercaba a hablarle se levantaba. Traté de no separarme de ella pero la dejé sola porque me habían aconsejado dejarla descansar en la oscuridad y además si me veía hacía mucho esfuerzo para levantarse y no quería que se cansara de más. De vez en cuando alguien entraba a verla y hablar con ella.
Eran poco más de las 9 de la noche cuando entré a la recámara, mis otros dos nenes estaban en un rincón muy quietos. Cuando me acerqué a ella vi que ya no estaba respirando. Toda llorosa le avisé a mis papás que se había muerto. Lyn me abrazó y me dejó llorar. La enterramos esa misma noche en el jardín, abajo de mi ventana.
Sé que eso fue lo mejor porque ya no se iba a recuperar y no era justo verla morir poco a poco pero de todas formas me duele haber perdido a mi Gordita linda.
Así está ahora en su nubecita de agua, paradita en la entrada de algún arco y diciendo ¡Blo!